La
"Y" es un signo de unión, no solo por su definición gramatical, sino
también por la particular constitución de su grafema. Sus dos brazos alzados
simulan asir los significados que tienen a sus lados, generando, muchas veces,
combinaciones de sentidos insospechadas. Incluso, el gesto de extender los brazos
diagonalmente mientras el resto del cuerpo está erguido, habitualmente se da en
circunstancias reconfortantes, como si quisiéramos apoderarnos físicamente de
ese instante para petrificarlo en la inmortalidad. Bajo esta consideración
arriesgada, quizás falaz, creo que la configuración sígnica de la i griega no
es del todo inmotivada: halla su correspondencia con el ademán de extensión
corporal que intenta abarcar lo inevitablemente inasible. En posición de i
griega pretendemos trascender nuestros límites corporales para tocar lo que
está allende a nosotros, porque apoderándonos de más cosas en tanto las
conocemos, suponemos existir más.
Una
i griega es una cópula en sí misma, es el signo del espejo, y por último, la
metáfora de mi angurrentismo voraz que quiere conocerlo todo, que quiere
reunirlo todo en unidades de sentido que puedan explicar mis porqués.
La
extrañeza da lugar a la belleza y se hace posible mediante la combinación de
relaciones insospechadas. Dichas combinaciones han originado las más grandes
obras universales.
Pues
bien, este blog no se propone ser una "gran obra", sino que
simplemente reunir textos de diversos asuntos que en apariencia no tienen nada
en común, pero que en su conjunto intentan religar algunos significados
desapercibidos.